Un niño o una niña que, por lo que sea, vuelve con sus padres a vivir en la casa de sus abuelos estĂĄ regresando a la memoria aun antes de tener memoria. Entonces, los recuerdos aprendidos justo a la vez que las vivencias, no mĂĄs tarde se convierten en otro idioma. CrecerĂĄ bilingĂŒe. Para siempre tendrĂĄ una predisposiciĂłn natural a la nostalgia, que no serĂĄ ni triste ni impostada, sino un hĂĄbito del alma. Esa es la situaciĂłn privilegiada de Guadalupe Grosso.
Unas sombras chinescas quietas, el abrazo del mar que es el viento de Poniente, el aljibe, la piel de cartĂłn de los bulbos, un olor profundo (de nuevo) a mar, la madera de los muebles, la furia del Levante, la lluvia y el oro, y ese vinagre, vino echado a perder, que resucita glorioso, cuĂĄntos trazos de escritor grande en un libro tan breve. En La casa dormida se cumple al pie de la letra la idea de Chesterton: una casa es mĂĄs grande por dentro que por fuera.
Y quizĂĄ lo mĂĄs grande de Ă©sta sea su silencio azoriniano. TambiĂ©n la recĂłndita solera, que se asienta en una prosa de la estirpe de JosĂ© Antonio Muñoz Rojas. Y al fondo del pasillo, una luz de poesĂa juanramoniana. ÂżQuiĂ©n iba a decir, entonces, que la casa ya acogĂa, acogedora, en potencia, a estos tres invitados ilustres e invisibles? Ahora que estĂĄ abandonada vemos a AzorĂn, a Muñoz Rojas, a JRJ: llevan de la mano a una niña que les trae de la mano. Y la casa es honda y hermosa como nunca. Enrique GarcĂa-MĂĄiquez
Guadalupe Grosso (Sevilla, 1958) es licenciada en Historia del Arte. Ha sido editora y estilista para revistas de interiorismo y diseño. Durante cinco años dirigió el Departamento de Estilismo de la revista Micasa. Actualmente trabaja como interiorista y consultora independiente en proyectos de interiores.
Vive en El Puerto de Santa MarĂa (CĂĄdiz) en un estudio lleno de libros, botes de pintura y muebles recuperados y desde cuya azotea se divisa la torre de La casa dormida. Este es su primer libro.




